Un día para recordar

“…mucho más temprano que tarde, de nuevo se abrirán las grandes alamedas
por donde pase el hombre libre,para construir una sociedad mejor”
Salvador Allende, último discurso, 11 de septiembre de 1973

Allende_perspectivablogEl 11 de Septiembre de 1973 es un día que tengo muy grabado en mi memoria. La muerte del Presidente socialista Salvador Allende, resistiendo con dignidad y valentía al golpe de estado encabezado por Augusto Pinochet, conmocionó al mundo, y más todavía a la Argentina.

El ‘73 fue un año de mucha efervescencia política en nuestro país: se había recuperado la democracia y se vivía una gran movilización de todos los sectores, particularmente de los jóvenes. El Golpe de Estado en la República hermana de Chile entrañaba una amenaza para el incipiente proceso de vida democrática que comenzábamos a explorar los argentinos, luego de un largo período de dictadura. No lo sabíamos en aquel entonces, pero este hecho que sufríamos junto con los hermanos chilenos, inauguraba una serie de dictaduras sangrientas en toda América Latina, que truncaron las grandes movilizaciones populares que recorrían todo el continente. Pocos años después, los argentinos viviríamos una experiencia similar.

En mi caso, el 11 de Septiembre de 1973, me encontró cursando el primer año en la Facultad de Ingeniería de la ciudad de Rosario. Los sucesos de  Chile realmente tuvieron un alto impacto en la Argentina: la idea de un presidente civil, de un hombre de paz, como era Salvador Allende, resistiendo al avance de las tropas golpistas y muriendo en defensa de su gobierno, del pueblo, de la democracia, resultaba muy fuerte. Grandes movilizaciones en repudio al accionar de las Fuerzas Armadas chilenas y en solidaridad con su pueblo ocuparon las calles de nuestra ciudad. Yo, como otros miles de jóvenes, participé de estas movilizaciones, sintiendo, como todos, el llamado de un ideal de hermandad latinoamericana que anidaba en el sentimiento de los sectores populares y juveniles de aquellos años. Ese fue el inicio de mi compromiso, de mi participación política. Desde ese día ya no abandoné la militancia, primero universitaria y luego en otros ámbitos de acción, pero siempre en el Partido Socialista.

Mucho tiempo después, ya como Intendente de la Ciudad de Rosario, en el año 2008, tuve la oportunidad de visitar Santiago de Chile, para participar de un encuentro de líderes progresistas convocado por la entonces Presidenta Michelle Bachelet. En aquella ocasión, luego de finalizar una cena de recepción en el Palacio presidencial para todos los participantes del evento,  un pequeño grupo que nos habíamos quedado conversando al finalizar la reunión, fuimos destinatarios de un imprevisto privilegio: la propia Michelle Bachelet, una persona muy cordial, cálida y sencilla, nos invitó a un grupo reducido a recorrer el Palacio de la Moneda, mientras ella hacía de guía. Así llegamos a lo que fuera el despacho de Salvador Allende, hoy reconstruido en otro ala de la casa de gobierno. Ella nos fue contando algunos detalles de aquel día fatídico y también algunas anécdotas que tienen que ver con el coraje, con la fortaleza de ánimo de Salvador Allende y sus colaboradores, que aún sabiendo que no tenían posibilidad de triunfo frente al avance de las fuerzas golpistas en el Palacio de la Moneda, decidieron quedarse en sus puestos y afrontar su destino, que no era otro que perder la vida bajo las balas asesinas de la dictadura chilena.

Creo que el coraje, la valentía, la integridad y el compromiso que mostró el gobierno socialista chileno en el ‘73 fue un hito para toda América Latina. Porque con esa actitud, abrieron un camino de esperanza, de sueños para muchos jóvenes que nos convencimos de que el socialismo era posible, y que era posible en democracia. Que se podía combinar el respeto a las instituciones, las elecciones, la forma democrática de acceder al poder, con los ideales, los valores y los objetivos inclaudicables del socialismo: alcanzar una sociedad más justa, más equitativa, más libre. Creo que ese es el gran mensaje que nos deja Salvador Allende con su vida, con su obra, con su trayectoria y sobre todo con la gran dignidad de su muerte. Cuarenta años después, el sueño de abrir las grandes alamedas por donde pase el hombre libre para construir una sociedad mejor, sigue siendo la gran utopía que moviliza a millones de hombres y mujeres de todo el mundo que han abrazado los ideales del socialismo.

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