Socialismo a largo plazo

ImagenEn nuestro país, es cada vez más evidente la urgencia de contar con una guía para la acción, legítima, eficaz, que trascienda la coyuntura y resuelva las verdaderas necesidades de la ciudadanía. Una propuesta coherente con nuestra realidad, que parta de un sincero diagnóstico de nuestras fortalezas y debilidades (económicas, sociales, políticas y culturales) e identifique -con mirada estratégica- factores de oportunidad para superar esa situación. Un plan estratégico.

Pero, para que las propuestas sean realistas y pertinentes, es fundamental que el proceso de formulación de este instrumento esté basado en la consulta y el intercambio de ideas entre el gobierno, las instituciones y la ciudadanía, de una manera amplia y horizontal.

La planificación estratégica es un proceso que en la ciudad de Rosario y en la Provincia de Santa Fe no fue adoptado como moda, como un concepto vacío para sofisticar un discurso tecnocrático, sin contenido. Para el socialismo, que lidera un proceso de cambio en Santa Fe, la planificación estratégica ha sido desde el inicio de su proyecto, la columna vertebral, el ordenador más eficiente y equitativo de las expectativas comunes en relación a las necesidades y recursos reales. Y ha probado sus resultados en la práctica concreta de las políticas públicas impulsadas.

Por la profundidad y continuidad del proceso a lo largo del tiempo y por la apropiación que la ciudadanía y las instituciones de la sociedad civil y del sector privado han hecho de él, la planificación estratégica se ha convertido en una de las políticas públicas que destacan a Rosario en la región y en el mundo. Así, Rosario es la única ciudad de Argentina -y de la región- capaz de acreditar un proceso sostenido, continuo de planificación integral, con ejecución real de proyectos transformadores y con carácter participativo, por casi dos décadas.

En la escala local, planificar estratégicamente supone inventariar las virtudes y defectos actuales y evaluar oportunidades y amenazas potenciales de la ciudad física y humana; para a partir de ese estado de situación, acordar con la participación de actores sociales, económicos y políticos, las metas a alcanzar, los plazos y los medios con qué concretarlas.

Todo proceso de planificación estratégica demanda una cuota importante de coraje y valentía por parte del gobierno, ya que supone mirarse al espejo y observar descarnadamente la propia realidad y compartir esta mirada con otros. También se requiere de la humildad y el desprendimiento necesarios para aceptar que el camino que se ha de transitar desde ese momento ya no estará determinado de manera exclusiva por el jefe de gobierno o por funcionarios públicos de cualquier nivel, sino que las políticas surgirán de acuerdo a los lineamientos propuestos por esa ciudadanía organizada y participativa.

Pero, tal vez, una de las implicancias más importantes de la planificación estratégica, como herramienta para la formulación de políticas de Estado, es su capacidad de plasmar –con el paso del tiempo- un paradigma diferente de gestión pública, capaz de romper el círculo vicioso y condicionante de la coyuntura. Ir de un “modelo” signado por la urgencia y la improvisación, a otro asentado en metas de mediano y largo plazo, con propuestas y medios para alcanzarlas, y todo elaborado de manera abierta y participativa.

El modo en que construimos los ejes que definen las políticas de Estado no es neutral, ya que inclina la balanza del sistema o el modelo, hacia un lado o hacia otro. Aún si no tomáramos ninguna decisión de largo plazo, ni desarrollásemos estrategias, la balanza se inclinará. Así, podemos ir hacia una sociedad que consagra la desigualdad, librando a la capacidad individual de cada cual su suerte, excluyendo territorial y socialmente a los “menos competitivos” -es decir, continuar por el camino que hemos recorrido en las últimas décadas o bien podemos cambiar el rumbo y decidir impulsar procesos de redistribución genuina de recursos y oportunidades, fortaleciendo la autonomía de las instituciones y promoviendo la articulación de los tres niveles del Estado, para superar la segregación coyuntural y mezquina de gobiernos amigos y enemigos y dar paso a una mirada más inteligente, capaz de observar que el federalismo y sus fortalezas son la oportunidad para el desarrollo de nuestro país.

El socialismo sostiene estos valores históricamente y los ejercita en su acción de gobierno en Santa Fe, dentro de una coalición -el Frente Progresista Cívico y Social- a través de la gestión de muchos gobiernos locales en Santa Fe. Gobernamos desde hace más de veinte años la ciudad de Rosario y en los últimos seis hemos accedido al gobierno provincial. Por ello, con el desafío del cambio, hemos adoptado paradigmas dinámicos, integrales, modernos para la formulación de las políticas públicas que llevamos adelante, y es allí que cobra especial relevancia la planificación estratégica.

Como Ingeniero, tiendo a interpretar este proceso como una construcción a gran escala, una gran obra que demanda una diversidad de recursos, involucra a actores con intereses y capacidades diversas y requiere un preciso manejo de los tiempos. Pero, sin duda, también necesita de un fuerte liderazgo político, del compromiso personal y la visión y capacidad para trasmitir, comunicar ese futuro que se está incubando y que todavía no es visible para todos. En ese marco, el gobierno que lo impulsa debe gozar de credibilidad en la sociedad y generar confianza en quienes se sumarán a participar del proyecto.

Por ello, la planificación estratégica es una herramienta muy poderosa: el proceso de su formulación consolida, revitaliza y redefine un entramado de actores públicos y privados, colectivos e individuales, que en sus múltiples interacciones es mucho más abarcativo, rico y complejo que la voluntad de un gobierno, con toda la capacidad que éste debe tener, en tanto líder del proceso que vela por el interés general.

Sin una mirada estratégica, construida desde la base a través de un proceso genuinamente participativo, difícilmente un gobierno pueda plantearse grandes y ambiciosos proyectos, verdaderas transformaciones estructurales, y concretarlas exitosamente. La planificación estratégica tiene la capacidad de conjugar expectativas comunes de la sociedad. Su ejercicio nos permite corrernos de la coyuntura, para elevar nuestra mirada y proyectarla hacia un horizonte de largo plazo, una mirada en la que lo público y lo colectivo cobran importancia frente a lo privado y lo individual.

Cuando la planificación a escala local alcanza un punto de encuentro con agendas estratégicas en otros niveles territoriales – regional, provincial, nacional- y puede empezar a dialogar, a articular de manera concurrente hacia arriba, se genera un salto cualitativo que potencia el éxito de la planificación en los diferentes niveles. Considero que esta concurrencia entre las diferentes instancias de planificación es un factor clave para impulsar el desarrollo de manera consistente. Así lo hemos pensado en Santa Fe y de ese modo lo estamos llevando adelante. En ese proceso, la dinámica que da inicio al mismo, tiene un sentido de dirección irremplazable: es de abajo hacia arriba, el orden de los factores es clave. Nada puede reemplazar la voluntad activa de una ciudad, que autónomamente define las estrategias para alcanzar su desarrollo. Allí reside la importancia crucial de las sociedades territoriales y sus gobiernos locales en este mundo moderno. Las células que componen los territorios, las ciudades en sus diferente escalas, han dejado progresivamente de ser sujetos pasivos, meros espacios de ejecución de políticas decididas en otros ámbitos o de simple gestión de servicios públicos básicos, para volverse los ámbitos de decisión real más cercanos a los ciudadanos, los ámbitos que por definición mejor logran plasmar la articulación de democracia participativa y delegativa. Comprender este proceso y fortalecer esa dinámica, es una buena receta para la construcción de sociedades más democráticas y sustentables.

Si tuviera que valorar el capital de experiencia que me ha dejado en lo personal el proceso de planificación, es precisamente el extraordinario aprendizaje sobre la gestión pública, sobre la articulación público-privada, sobre los vínculos que se pueden establecer entre un gobierno local y la sociedad civil de manera democrática, participativa, manteniendo siempre el liderazgo político del gobierno, como garante del bien común y el equilibrio entre grupos de interés.

La planificación estratégica es, en definitiva, el marco más democrático para la formulación de políticas públicas: abre el juego a la sociedad y permite acercar las reflexiones y percepciones de los habitantes e instituciones, haciéndolos protagonistas de las decisiones más trascendentes, aquellas que estructurarán la ciudad, la provincia y el país futuro. Ese es el camino en el que estamos avanzando.

*Publicado en La Vanguardia

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