Lectura recomendada: “Una Nación para el desierto argentino”

HalperinDEl pasado 14 de noviembre falleció el destacado historiador argentino Tulio Halperín Donghi. Dueño de una pluma tan compleja como brillante, nos deja una prolífica producción intelectual gestada a lo largo de casi nueve décadas de vida.

Originalmente publicado como  prólogo a su obra “Proyecto y construcción de una Nación (Argentina 1846-1880)”, el texto que aquí reproducimos se convirtió -apenas publicado- en una pieza autónoma, siendo uno de sus análisis más citados. Ofrece brevemente una reseña brillante y vigente acerca de la excepcionalidad y complejidad en la comprensión del país que le apasionaba. Volver a leerlo -o descubrirlo- será el mejor homenaje.

 

UNA NACIÓN PARA EL DESIERTO ARGENTINO  Por Tulio Halperín Donghi

A Carlos Real de Azúa

En 1883, al echar una mirada sin embargo sombría sobre su Argentina, Sarmiento creía aún posible subrayar la excepcionalidad de la más reciente historia argentina en el marco hispanoamericano: “en toda la América española no se ha hecho para rescatar a un pueblo de su pasada servidumbre, con mayor prodigalidad, gasto más grande de abnegación, de virtudes, de talentos, de saber profundo, de conocimientos prácticos y teóricos. Escuelas, colegios, universidades, códigos, letras, legislación, ferrocarriles, telégrafos, libre pensar, prensa en actividades…todo en treinta años”. Que esa experiencia excepcional conservaba para la Argentina un lugar excepcional entre los países hispanoamericanos fue convicción muy largamente compartida; todavía en 1938, al prologar Facundo, Pedro Henríquez Ureña creía posible observar que su sentido era más directamente comprensible en aquellos países hispanoamericanos en que aún no se había vencido la batalla de Caseros. He aquí a la Argentina ofreciendo aún un derrotero histórico ejemplar – y hoy eso mismo excepcional- en el marco hispanoamericano.

¿En qué reside esa excepcionalidad? No sólo en que la Argentina vivió en la segunda mitad del siglo XIX una etapa de progreso muy rápido, aunque no libre de violentos altibajos; etapas semejantes vivieron otros países, y el ritmo de avance de la Argentina independiente es, hasta 1870, menos rápido que el de la Cuba todavía española (que sigue desde luego pautas de desarrollo muy distintas).

La excepcionalidad argentina radica en que sólo allí iba a parecer realizada una aspiración muy compartida y muy constantemente frustrada en el resto de Hispanoamérica: el progreso argentino es la encarnación en el cuerpo de la nación de lo que comenzó por ser un proyecto formulado en los escritos de algunos argentinos cuya única arma política era su superior clarividencia. No es sorprendente no hallar paralelo fuera de la Argentina al debate en que Sarmiento y Alberdi, esgrimiendo sus pasadas publicaciones, se disputan la paternidad de la etapa de historia que se abre en 1852.

Sólo que esa etapa no tiene nada de la serena y tenaz industriosidad que se espera de una cuyo cometido es construir una nación de acuerdo con planos precisos en torno de los cuales se ha reunido ya un consenso sustancial. Está marcada de acciones violentas y palabras no menos destempladas: si se abre con la conquista de Buenos Aires como desenlace de una guerra civil, se cierra casi treinta años después con otra conquista de Buenos Aires; en ese breve espacio de tiempo caben otros dos choques armados entre el país y su primera provincia, dos alzamientos de importancia en el Interior, algunos esbozos adicionales de guerra civil y la más larga y costosa guerra internacional nunca afrontada por el país.

La disonancia entre las perspectivas iniciales y esa azarosa navegación no podía dejar de ser percibida. Frente a ella, la tendencia que primero dominó entre quienes comenzaron la exploración retrospectiva del período fue la de achacar todas esas discordias, que venían a  turbar el que debiera haber sido concorde esfuerzo constructivo, a causas frívolas y anecdóticas; los protagonistas de la etapa –se nos aseguraba una vez y otra- querían todos sustancialmente lo mismo; en su versión más adecuada a la creciente popularidad del culto de esos protagonistas como héroes fundadores de la Argentina moderna, sus choques se explicaban (y a la vez despojaban de todo sentido), como consecuencia de una sucesión de deplorables malos entendidos; en otra versión menos frecuentemente ofrecida, se los tendía a interpretar a partir de rivalidades personales y de grupo, igualmente desprovistas de ningún correlato político más general.

La discrepancia seguía siendo demasiado marcada para que esa explicación pudiese ser considerada satisfactoria. Otra comenzó a ofrecerse: el supuesto consenso nunca existió y las luchas que llenaron esos treinta años de historia argentina expresaron enfrentamientos radicales en la definición del futuro nacional. Es ésta la interpretación más favorecida por la corriente llamada revisionista, que –de descubrimiento en descubrimiento- iba a terminar postulando la existencia de una alternativa puntual a ese proyecto nacional elaborado a mediados del siglo; una alternativa derrotada por una sórdida conspiración de intereses, continuada por una igualmente sórdida conspiración de silencio que ha logrado ocultar a los argentinos lo más valiosos de su pasado.

Lo que ese ejercicio de reconstrucción histórica –en que la libre invención toma el relevo de la exploración del pasado para mejor justificar ciertas opciones políticas actuales- tiene de necesariamente inaceptable, no debiera hacer olvidar que sólo gracias a él se alcanzaron a percibir ciertos aspectos básicos de esa etapa de historia argentina. Aunque sus trabajos están a menudo afectados, tanto como por el deseo de llegar rápidamente a conclusiones preestablecidas por una notable ignorancia del tema, fueron quienes adoptaron el punto de vista revisionista los que primero llamaron la atención sobre el hecho, sin embargo obvio; de que esa definición de un proyecto para una Argentina futura se daba en un contexto ideológico marcado por la crisis del liberalismo que sigue a 1848, y en uno internacional caracterizado por una expansión del centro capitalista hacia la periferia, que los definidores de ese proyecto se proponían a la vez acelerar y utilizar.

Aquí se intentará partir de ello, para entender mejor el sentido de esa ambiciosa tentativa de trazar un plano para un país y luego edificarlo; no se buscará sin embargo en la orientación de ese proyecto la causa de las discordias en medio de las cuales debe avanzar su construcción. Más bien se la ha creído encontrar en la distancia entre el efectivo legado político de la etapa rosista y el inventario que de él trazaron sus adversarios, ansiosos de transformarse en sus herederos, y que se reveló demasiado optimista. Si la acción de Rosas en la consolidación de la personalidad internacional del nuevo país deja un legado permanente, su afirmación de la unidad interna basada en la hegemonía porteña no sobrevive a su derrota de 1852. Quienes creían poder recibir en herencia un Estado central al que era preciso dotar de una definición institucional precisa, pero que, aún antes de recibirlo, podía ya ser utilizado para construir una nueva nación, van a tener que aprender que antes que ésta – o junto con ella- es preciso construir el Estado. Y en 1880 esa etapa de creación de una realidad nueva puede considerarse cerrada no porque sea evidente a todos que la nueva nación ha sido edificada, o que la tentativa de construirla ha fracasado irremisiblemente, sino porque ha culminado la instauración de ese Estado nacional que se suponía preexistente.

Esta imagen de esa etapa argentina ha orientado la selección de los textos aquí reunidos. Ella imponía tomar en cuenta el delicado contrapunto entre dos temas dominantes: construcción de una nueva nación; construcción de un Estado. El precio de no dejar de lado un aspecto que pareció esencial es una cierta heterogeneidad de los materiales reunidos; justificar su presencia dando cuenta del complejo entrelazamiento de ideas y acciones que subtiende esa etapa argentina es el propósito de la presente introducción.

  1.  Este texto fue publicado por primera vez como prólogo a una extensa antología: Proyecto y construcción de una Nación (Argentina 1846-1880), Caracas, Biblioteca Ayamucho, 1980, CII+600 págs.
  2. Domingo Faustino Sarmiento, Facundo, Buenos Aires, Centro Editor de América Latina, Biblioteca Argentina Fundamental, nº 18, 1979.

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